En Honduras, el hambre ya no solo habita en las zonas rurales. Se ha mudado también a las ciudades, donde la pobreza se disfraza entre muros de concreto y la desigualdad marca la diferencia entre quienes resisten y quienes apenas sobreviven.
Un estudio reciente presentado por la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), a través de la Facultad de Ciencias Sociales, el Instituto de Investigaciones Sociales (IIS) y el Observatorio en Seguridad Alimentaria y Nutricional (OBSAN), en alianza con el Programa Mundial de Alimentos (PMA), revela una verdad alarmante: las ciudades hondureñas no están preparadas para enfrentar los efectos del cambio climático ni para garantizar seguridad alimentaria a su población más vulnerable.
El informe titulado “Resiliencia Urbana para la Seguridad Alimentaria y Nutricional” evidencia profundas desigualdades que golpean directamente el bienestar de las familias hondureñas. Mientras algunos sectores logran adaptarse ante las crisis, miles de hogares viven día a día con la incertidumbre de no saber qué comer mañana.
Los hallazgos muestran que la resiliencia alimentaria urbana está fragmentada, reflejando un país que no ha logrado reducir la brecha entre el campo y la ciudad. A esto se suma una realidad innegable: la falta de políticas sostenidas que integren el cambio climático, la planificación territorial y la seguridad alimentaria como un solo desafío nacional.
Las consecuencias se sienten en cada esquina: precios que suben, cosechas que se pierden, migración que aumenta y comunidades que dependen de la suerte climática para sobrevivir. En barrios de Tegucigalpa, San Pedro Sula y Choluteca, la inseguridad alimentaria crece de forma silenciosa, sin que existan medidas efectivas de prevención o adaptación.
Respuesta institucional débil
Aunque Honduras es uno de los países más vulnerables al cambio climático en América Latina, su respuesta institucional sigue siendo débil y reactiva. Solo cuando el desastre golpea, se activa la ayuda. Pero ya es tarde para muchas familias que pierden su sustento entre sequías, inundaciones o crisis económicas recurrentes.
El estudio de la UNAH y el PMA es un recordatorio de una deuda histórica: la falta de una política ambiental y alimentaria integral que no solo reaccione, sino que anticipe. No se trata solo de sembrar árboles, sino de sembrar resiliencia, educación y conciencia en una nación que cada vez depende más de las remesas y menos de su propia producción.
Mientras el clima cambia y la desigualdad crece, Honduras sigue atrapada en un ciclo de vulnerabilidad del que parece no poder salir. La resiliencia no debería ser un privilegio, sino una prioridad nacional.
Porque el hambre, aunque silenciosa, es el reflejo más crudo de un país que no ha sabido cuidar lo que alimenta su futuro.
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