Por: Redacción Primicia Honduras
Honduras conmemora cada 30 de mayo el Día del Árbol por ser la fecha en que se adoptó el Pino como Árbol Nacional debido a su abundancia —hasta hace unos años— en el territorio nacional.
Mientras en escuelas se celebran actos simbólicos, en los cerros el fuego —muchas veces provocado— abre camino al cemento, sin regulaciones ni reforestación. En otros países adoptan el lema que “en tierra quemada no se construye”. ¿Por qué en Honduras sí?.
Y es que en pleno Día del Árbol, la deforestación sigue avanzando con una violencia silenciosa y sistemática, en nombre del “desarrollo”, del cemento, de las urbanizaciones.
El contraste es doloroso. Por un lado, actos simbólicos por otro, excavadoras removiendo suelo fértil para instalar calles y casas donde antes había vida silvestre, sombra y fuentes de agua.
Del calor urbano al “clima fresco”
Durante años, empresas desarrolladoras han vendido la idea de vivir en zonas “de clima fresco”, “rodeadas de naturaleza” y “con vista a la montaña” como sinónimo de estilo de vida exclusivo, saludable y aspiracional. Pero ese marketing ha tenido un costo que nadie está regulando: nuestros bosques.
“El problema es que han vendido vivir en la montaña como si el bosque no tuviera valor ecológico. Se deforesta, se construye sin planificación y el Estado no regula ni exige medidas compensatorias como la reforestación”, advierte un ambientalista consultado por Primicia Honduras, quien no quiso brindar su identidad por temor a represalias pero que ha dado seguimiento a los cambios de uso de suelo en el país.
Según datos del Observatorio Nacional de Cambio Climático para el Desarrollo Sostenible (ONCCDS), las zonas de montaña que antes eran frescas hoy presentan un aumento de hasta 2 °C en su temperatura media en la última década. Las fuentes de agua se están secando. La pérdida de árboles no solo arruina el paisaje, está modificando el clima, degradando los suelos y provocando crisis hídricas en sectores urbanos y rurales por igual.
Donde se quema, no se construye
En países como Chile, Costa Rica o España, existe un principio claro: en tierra quemada no se construye. Se investiga, se reforesta y se protege el ecosistema. En Honduras, parece suceder lo contrario. Los incendios forestales se han convertido en la antesala de proyectos inmobiliarios. Se quema el bosque, se desvaloriza el terreno, y luego se vende como una oportunidad.
A pesar de múltiples denuncias públicas, la justicia rara vez investiga o sanciona a los responsables. Las leyes forestales son débiles o inaplicables frente al poder económico de quienes promueven este modelo. ¿Quién se beneficia de esto? ¿Por qué no se exige a estas empresas planes de mitigación, reforestación o respeto a zonas protegidas?
El falso dilema entre desarrollo y naturaleza
No se trata de oponerse al desarrollo o al acceso a vivienda. Se trata de hacerlo con sentido común y responsabilidad ecológica. Honduras tiene amplias zonas ya degradadas o con baja cobertura vegetal donde se podrían construir viviendas sin afectar ecosistemas frágiles ni destruir los pocos pulmones verdes que nos quedan.
Pero construir en desiertos no se vende tan bien como vivir “en el bosque”. Y ese es el problema: nos han hecho creer que el confort personal vale más que la salud colectiva, que es normal reemplazar la sombra por el concreto, y que sembrar un árbol un día al año compensa miles talados a diario.
Más que sembrar, hay que defender
Hoy, en el Día del Árbol, no basta con sembrar. Hay que defender. Hay que exigir políticas públicas claras, penas severas contra la deforestación ilegal, regulaciones a los proyectos habitacionales que destruyen el medioambiente, y compromiso de las municipalidades para proteger las zonas forestales urbanas y rurales.
No se puede hablar de sostenibilidad mientras los cerros de Tegucigalpa, Zambrano, Valle de Ángeles o La Tigra se convierten en urbanizaciones disfrazadas de “naturaleza”.
La conciencia empieza con los niños, sí, pero debe llegar a quienes toman decisiones. A quienes legislan, construyen y destruyen. Porque el árbol no necesita un poema ni una foto para Instagram: necesita espacio, agua, sombra y respeto.
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