Por cuarta semana consecutiva, los precios de los combustibles vuelven a bajar en Honduras. Las cifras oficiales anuncian centavos menos en la bomba: L0.84 en la gasolina súper, L0.69 en la regular y L0.48 en el diésel. A primera vista, podría parecer una buena noticia… pero en la práctica, pocos lo sienten.
Mientras el gobierno destaca la tendencia a la baja por el comportamiento internacional del petróleo, los hondureños siguen enfrentando un costo de vida que no cede. El alivio parece quedarse en los comunicados, no en los bolsillos.
En los mercados, el transporte y los servicios, nada cambia. El precio del combustible cae lentamente, pero el de los alimentos sigue subiendo. Lo que antes era un ahorro posible en combustible se disuelve entre la carestía del día a día.
Y aunque el gas doméstico se mantiene congelado gracias al subsidio estatal, esa medida es apenas un respiro temporal en un sistema que depende casi por completo de la importación de hidrocarburos.
No existe aún un plan nacional serio que apueste por energías limpias o transporte sostenible; el país sigue reaccionando, no planificando.
Rebajas poco visibles
Muchos automovilistas dicen que las rebajas “ni se notan”, y otros dudan de su duración. No sería la primera vez que los precios bajan por semanas y vuelven a dispararse de golpe con la próxima crisis internacional.
La historia se repite: cada anuncio de rebaja es una promesa que se diluye entre la desconfianza y la costumbre. Lo que baja no es el costo de vivir, sino la esperanza de que las cosas cambien de fondo.
Porque al final, más que una buena noticia económica, esta nueva rebaja deja al descubierto una realidad incómoda: en Honduras, el precio del combustible puede bajar… pero la vida sigue siendo igual de cara.
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